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Un fin de semana en Laguardia, corazón de la Rioja Alavesa

Panorámica de Laguardia en lo alto de su colina, rodeada de viñedos de la Rioja Alavesa con la sierra de Cantabria al fondo

Sobre una colina rodeada por un océano de viñedos, con la sierra de Cantabria como telón de fondo, Laguardia parece dibujada para una escapada lenta. Esta villa medieval alavesa, amurallada y peatonal, esconde bajo sus calles un laberinto de bodegas excavadas hace siglos. Si te gusta el vino, el románico policromado y los atardeceres dorados, aquí tienes tu próximo fin de semana en pareja.

Un pueblo construido sobre bodegas

Lo más sorprendente de Laguardia no se ve a simple vista: su subsuelo está horadado por decenas de calados, cuevas excavadas bajo las casas donde desde hace siglos se elabora y guarda el vino. Por eso el casco histórico está cerrado al tráfico: el suelo, literalmente, es un queso gruyer. Varias de estas bodegas subterráneas se pueden visitar con cata incluida, y bajar a un calado del siglo XVI, entre barricas y paredes cubiertas de moho noble, es la mejor introducción posible a la Rioja Alavesa.

Paseo por la villa medieval

Dentro de las murallas, Laguardia se recorre sin plano y sin prisa. No te pierdas:

  • La iglesia de Santa María de los Reyes, con un pórtico gótico del siglo XIV que conserva su policromía original, un tesoro rarísimo que se visita en pases guiados.
  • La torre Abacial y las puertas de la muralla, que enmarcan callejones con casonas blasonadas.
  • La plaza Mayor, con su reloj de carillón cuyos autómatas bailan a determinadas horas ante el regocijo general.
  • La casa natal de Félix María de Samaniego, el célebre fabulista, hijo ilustre de la villa.

El empedrado y las cuestas piden zapatillas cómodas para andar; el resto lo pone el pueblo.

Vino por todas partes

Laguardia es la capital sentimental de la Rioja Alavesa, y a su alrededor se reparten desde bodegas familiares centenarias hasta templos del vino de arquitectura vanguardista firmados por arquitectos de fama mundial. Reservar una visita con cata es casi obligatorio, y maridarla después con patatas a la riojana y chuletillas al sarmiento, también. Si vuelves a casa con botellas —es inevitable—, un sacacorchos de viaje plegable te resolverá más de un brindis improvisado en la habitación o en un picnic entre viñas.

Alrededores con mucha historia

La escapada da para más que vino. A pocos kilómetros te esperan el dolmen de la Chabola de la Hechicera, uno de los megalitos más importantes de Euskadi, y el poblado de La Hoya, un yacimiento habitado desde la Edad del Bronce. Junto al propio pueblo, las lagunas de Laguardia forman un pequeño humedal protegido ideal para un paseo suave entre aves acuáticas y viñedos.

Cuándo ir y un consejo de oro

El otoño, con la vendimia y los viñedos teñidos de rojo y cobre, es pura magia; la primavera regala verdes intensos y buen clima para pasear. En verano aprieta el sol y conviene madrugar. A cualquier hora, busca el paseo que bordea la muralla por el norte: el atardecer sobre el mar de viñas, con la sierra de Cantabria encendida, es uno de esos momentos que justifican llevar una cámara de fotos ligera siempre encima.

Laguardia se saborea como sus vinos: despacio y en buena compañía. Reserva un calado, brinda bajo tierra y déjate atardecer sobre la muralla. Repetirás cosecha.

Foto: JnCrlsMG · CC BY-SA 4.0 · Wikimedia Commons