Rudyard Kipling llamó a Milford Sound la octava maravilla del mundo, y cuesta llevarle la contraria. En el extremo suroccidental de la Isla Sur de Nueva Zelanda, el Parque Nacional de Fiordland es un territorio de fiordos oscuros, cascadas que caen desde cientos de metros y bosques empapados de lluvia donde la naturaleza manda. Te proponemos adentrarte en él.
Milford Sound, el fiordo estrella
Presidido por el pico Mitre, que se alza más de 1.600 metros directamente desde el agua, Milford Sound se recorre en cruceros de una o dos horas que se acercan tanto a las cascadas que acabarás salpicado. Con suerte verás focas tomando el sol en las rocas, delfines jugando con la estela del barco e incluso pingüinos de Fiordland. También puedes explorarlo en kayak, una experiencia mucho más íntima, o visitar su observatorio submarino para asomarte al extraño mundo del coral negro.
La carretera de Te Anau a Milford
Los 120 kilómetros de la Milford Road son un espectáculo en sí mismos y merecen medio día con paradas:
- Mirror Lakes: lagunas que calcan las montañas Earl en días sin viento.
- Eglinton Valley: un valle glaciar de praderas doradas flanqueado por paredes de granito.
- El túnel de Homer: excavado en roca viva, te escupe a un anfiteatro de montañas por el que baja la carretera en zigzag.
- The Chasm: un paseo corto hasta un desfiladero pulido por el agua.
Sal con el depósito lleno desde Te Anau, porque no hay gasolineras en todo el trayecto, y vigila a los keas, esos loros alpinos tan listos como aficionados a mordisquear las gomas de los coches.
Doubtful Sound y los grandes senderos
Si Milford es majestuoso, Doubtful Sound es puro silencio: más grande, más remoto y accesible solo combinando barco y autobús desde Manapouri, lo que espanta a las multitudes. Para los senderistas, Fiordland es terreno sagrado: por aquí discurren rutas de varios días tan célebres como la Milford Track o la Kepler Track, que exigen reservar plaza en los refugios con meses de antelación. Si no quieres tanto compromiso, hay tramos que se pueden saborear en excursiones de un día desde Te Anau, el pueblo que hace de campamento base de todo el parque.
Cuándo ir y qué esperar del clima
De noviembre a abril los días son largos y los senderos están en su mejor momento. Pero que nadie te venda un Fiordland seco: aquí llueve unos 200 días al año, y en realidad es una suerte, porque tras un buen aguacero las paredes del fiordo se llenan de cascadas efímeras. Lleva siempre impermeable, ropa de abrigo incluso en verano y repelente contra los sandflies, unas moscas diminutas y voraces que son el peaje de tanta belleza.
Consejos prácticos
Los senderos del parque mezclan barro, raíces y piedra mojada, así que unas botas de montaña impermeables son la mejor inversión del viaje. Para las excursiones de un día resulta perfecta una mochila de cabina ligera que luego te sirva también para los vuelos internos neozelandeses. Y como llegar hasta esta esquina del mundo implica muchas horas de avión, una almohada de viaje viscoelástica hará que aterrices en Queenstown con el cuello entero.
Fiordland no se conquista: se contempla con humildad y chubasquero. Pocas escapadas te harán sentir tan pequeño y tan afortunado a la vez.