En la costa sureste de Menorca, a unos ocho kilómetros de Maó, se esconde un pueblo que parece salido de una isla griega: Binibeca Vell, un laberinto de casitas encaladas, escaleras torcidas y callejones tan estrechos que casi puedes tocar las dos paredes a la vez. Te proponemos una escapada para perderte —literalmente— por el rincón más fotogénico del sur de la isla.
Un pueblo de pescadores… con truco
Aunque lo parezca, Binibeca Vell no es un pueblo medieval: fue construido en los años setenta por el arquitecto Antoni Sintes, que quiso recrear con todo detalle un antiguo pueblo de pescadores menorquín. El resultado, conocido como el Poblat de Pescadors, es tan armonioso que se ha convertido en uno de los lugares más visitados de Menorca: muros de cal blanquísima, vigas de madera, chimeneas redondeadas y tejados de teja árabe que se funden unos con otros.
Un apunte importante: las casas están habitadas, sobre todo en verano. Pasea en silencio, no te asomes a patios ni ventanas y respeta los horarios de visita recomendados que indican los carteles a la entrada. El encanto del lugar depende de que todos lo cuidemos.
Perderse en el laberinto blanco
No hay itinerario: la gracia es dejarse llevar. Entra por el paseo que bordea el mar y ve girando por los callejones hasta la pequeña plaza de la iglesia, con su espadaña encalada, y a los rincones donde las buganvillas estallan en fucsia contra la cal. A primera hora de la mañana o al caer la tarde, con la luz dorada y sin gente, el pueblo es un regalo para cualquier aficionado a la fotografía. Entre callejón y callejón, el sol rebota con fuerza en tanta pared blanca, así que un sombrero de verano te salvará la mañana.
Calas turquesas a un paso
Binibeca presume también de mar. Junto al pueblo tienes la playa de Binibèquer, de arena clara y aguas turquesas poco profundas, estupenda para familias. Muy cerca quedan Cala Torret y Binidalí, pequeñas calas rocosas ideales para bucear con tubo entre praderas de posidonia y paredes de roca. En estos fondos pedregosos unos escarpines son casi obligatorios para entrar al agua cómodo y sin sustos con los erizos.
Si te apetece caminar, por esta costa pasa el Camí de Cavalls, el sendero histórico que da la vuelta a Menorca: el tramo hacia Punta Prima es llano, con el faro de la Isla del Aire recortado en el horizonte, y se hace muy bien a primera hora.
Dónde comer y qué probar
En el entorno del pueblo y en Cala Torret encontrarás chiringuitos y restaurantes de cocina marinera. Los imprescindibles menorquines: la caldereta de langosta (el plato estrella de la isla, con precio a la altura), el pescado fresco a la plancha, el queso con denominación de origen Mahón-Menorca y, de postre, un helado artesano o una ensaimada. Para el aperitivo, pide una pomada, la refrescante mezcla de gin menorquín con limonada.
Consejos prácticos
- Cómo llegar: en coche desde Maó en unos 15 minutos; en temporada alta hay también bus desde la capital. Aparca en las zonas habilitadas a la entrada.
- Cuándo ir: junio y septiembre ofrecen mar cálido y muchísima menos gente que pleno agosto. Fuera de temporada, el pueblo se queda casi vacío y gana en magia.
- Con niños: la playa de Binibèquer y los callejones del poblado son un plan redondo de medio día.
- Para preparar el resto de la isla —faros, calas vírgenes, Ciutadella— una guía de viaje de Menorca te ayudará a montar la ruta perfecta.
Binibeca Vell demuestra que a veces la belleza está en lo pequeño: cal, mar y silencio. Ven temprano, piérdete sin mapa y déjate deslumbrar por el blanco de Menorca.
Foto: Markus Trienke · CC BY-SA 2.0 · Wikimedia Commons