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A Guarda: el pueblo que vigila el Miño desde un castro celta

Desembocadura del río Miño y el pueblo de A Guarda vistos desde el monte Santa Trega

Donde el Miño se rinde al Atlántico, en el último rincón del suroeste gallego, A Guarda vive entre dos aguas: la dulce del río que la separa de Portugal y la salada del océano que le llena la lonja de langosta. Sobre el pueblo, un monte mágico esconde uno de los poblados celtas más impresionantes de la península. Un destino todavía a salvo de las multitudes que merece muchos más titulares.

El monte Santa Trega, un balcón con dos mil años

La visita imprescindible es el monte Santa Trega, de algo más de 300 metros, al que se sube en coche o a pie por senderos entre pinos. En su ladera se despliega la citania, un extenso castro galaico-romano con decenas de viviendas circulares de piedra —dos de ellas reconstruidas con su techumbre vegetal— habitado en torno al cambio de era. Arriba te esperan un pequeño museo arqueológico, petroglifos y una panorámica que quita el hipo: la desembocadura del Miño, las playas portuguesas de Caminha y el Atlántico infinito. Al atardecer, con el río convertido en una lámina dorada, es uno de los grandes espectáculos de Galicia; sube con una cámara compacta de viaje y baja con la tarjeta llena.

Un puerto de colores y sabor a langosta

Abajo, el puerto pesquero es puro carácter: casitas pintadas de colores vivos apiñadas frente a los muelles, redes, neveras camino de la lonja y tabernas que huelen a marisco recién cocido. A Guarda es célebre por su langosta, capturada por su flota artesanal, y le dedica una fiesta gastronómica multitudinaria a comienzos del verano. En sus mesas mandan también estos clásicos:

  • Arroz con langosta o con bogavante, el plato estrella.
  • Pescado de pincho y mariscos de la ría.
  • Lamprea del Miño en temporada, para paladares valientes.

Entre el río y el océano

El paseo marítimo encadena el puerto con las rocas de punta de O Muíño, donde el Miño abraza el mar junto a la playa fluvial de A Lamiña y un pequeño conjunto de molinos. Al otro lado espera Portugal: la villa de Caminha, a un paso en barco cuando el servicio de pasaje está operativo, o cruzando el puente internacional de la cercana Tui-Valença. Por A Guarda pasa además el Camino Portugués de la Costa, que entra en Galicia precisamente aquí: verás peregrinos remontando la costa hacia Baiona y Santiago. Si la idea te tienta, una guía del Camino de Santiago es la mejor manera de estudiar etapas y servicios antes de lanzarte.

Consejos prácticos y cómo llegar

A Guarda está a unos 50 minutos de Vigo por la autovía hasta Tui y la carretera que baja paralela al Miño, un trayecto precioso. Reserva medio día para Santa Trega y otro medio para puerto, paseo y sobremesa. Los senderos del monte y las rocas de la desembocadura suelen estar húmedos por la brisa atlántica: unas zapatillas impermeables de senderismo te dejarán trepar a cada mirador sin pensar en los charcos.

Un castro milenario, un puerto de colores y la mejor langosta de Galicia en la frontera misma del mapa: A Guarda es de esos secretos que apetece contar en voz baja... y visitar cuanto antes.

Foto: Luis Miguel Bugallo Sánchez (Lmbuga) · CC BY-SA 4.0 · Wikimedia Commons