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Un fin de semana en Balmaseda, la primera villa de Vizcaya

Vista del Puente Viejo medieval de Balmaseda con su torre-portazgo sobre el río Cadagua

Lejos de la costa y de las rutas más trilladas, en el valle del Cadagua y a las puertas de Las Encartaciones, Balmaseda presume de un título que ningún otro pueblo vizcaíno puede disputarle: fue la primera villa fundada en Vizcaya, allá por 1199. Encrucijada de caminos entre la meseta y el mar, conserva un puente medieval de libro, un casco señorial y dos tradiciones —una sacra, otra ferroviaria y gastronómica— que la hacen única.

El Puente Viejo, icono de la villa

La imagen de Balmaseda es su Puente Viejo, también llamado de la Muza: un puente medieval sobre el Cadagua con su característica torre-portazgo, donde antaño se cobraba peaje a las mercancías que cruzaban camino de Castilla o del puerto de Bilbao. Verlo reflejado en el río al atardecer explica por sí solo el viaje. A partir de ahí, el casco histórico se despliega en tres calles paralelas de aire medieval, salpicadas de palacios y casonas: la iglesia de San Severino, gótica y con una elegante torre, preside la plaza principal, y la antigua iglesia de San Juan acoge hoy el museo de historia de la villa. El empedrado y las cuestas suaves se disfrutan más con zapatillas cómodas para andar, porque Balmaseda se recorre entera a pie y sin prisa.

La Pasión Viviente, un pueblo hecho teatro

Si Balmaseda suena en toda España es por su Pasión Viviente, la representación de la pasión de Cristo que cada Semana Santa saca a las calles a cientos de vecinos convertidos en actores: romanos, apóstoles y pueblo llano recorren la villa en escenas de un realismo sobrecogedor, con el Vía Crucis y la crucifixión como momentos culminantes. Es una tradición con siglos de raíces que los balmasedanos preparan durante todo el año y que atrae a miles de visitantes; si planeas verla, reserva alojamiento con mucha antelación o plantea la visita desde Bilbao, a solo media hora.

Boinas, trenes y putxeras

Balmaseda fue también villa industrial, y de esa época quedan dos herencias deliciosas. La primera, el museo de La Encartada, una antigua fábrica de boinas a las afueras que conserva intacta su maquinaria original movida por agua: una joya del patrimonio industrial vasco que parece detenida en el tiempo. La segunda se come: la putxera, el guiso de alubias que los ferroviarios de la línea La Robla cocinaban lentamente en ollas de hierro aprovechando el carbón de las locomotoras. Hoy es el plato identitario de la villa, protagonista de concursos multitudinarios en los meses fríos, y probar unas alubias de putxera con sus sacramentos es obligación de todo visitante.

Las Encartaciones, la comarca desconocida

Balmaseda es la puerta perfecta a Las Encartaciones, la comarca más occidental y menos conocida de Vizcaya: valles verdes, torres medievales, pequeñas iglesias románicas y rutas entre hayedos y encinares. Una guía de viaje del País Vasco te ayudará a componer una escapada redonda combinando la villa con los pueblos y museos del entorno. Y como estamos en el norte, con el valle recogiendo las nieblas del Cadagua, un paraguas plegable de bolsillo nunca sobra en la mochila.

Cómo llegar y cuándo ir

Balmaseda está a unos 30 kilómetros de Bilbao, con acceso rápido por carretera y conexión en tren de cercanías, lo que la convierte en una escapada facilísima sin coche. La Semana Santa es su gran momento, pero también luce en otoño, cuando los montes se tiñen de ocres y llega la temporada de putxeras, y a comienzos de mayo, cuando su concurrido mercado medieval devuelve la villa al siglo XII.

Historia de frontera, fervor teatral y cuchara humeante: Balmaseda condensa una Vizcaya interior que pocos conocen. Cruza su Puente Viejo y déjate contar ochocientos años de historias.

Foto: Tim Tregenza · CC BY-SA 3.0 · Wikimedia Commons