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Ruta por Uzbekistán: Samarcanda, Bujará y Jiva

Madrasas con cúpulas y azulejos azules en la plaza del Registán de Samarcanda, Uzbekistán

Hay viajes que suenan a leyenda antes incluso de hacer la maleta, y Uzbekistán es uno de ellos. Aquí las cúpulas turquesa brillan sobre el desierto, los mercados huelen a comino y a melón maduro, y las ciudades que aprendiste en los libros de la Ruta de la Seda existen de verdad. Te proponemos una ruta clásica entre Samarcanda, Bujará y Jiva, sorprendentemente cómoda y todavía muy poco transitada por viajeros españoles.

Samarcanda, la ciudad azul

Es la parada más famosa y la que deja el primer golpe de efecto. La plaza del Registán, con sus tres madrasas enfrentadas y sus fachadas cubiertas de mosaicos, es una de esas estampas que cuesta abandonar: conviene verla a primera hora, con la luz suave, y volver al atardecer, cuando los azulejos se encienden.

Alrededor hay mucho más:

  • Gur-e-Amir, el mausoleo de Tamerlán, con una cúpula acanalada preciosa y un interior dorado.
  • Shah-i-Zinda, una estrecha avenida de mausoleos donde cada portada es distinta; probablemente el rincón más fotogénico del país.
  • La mezquita de Bibi-Khanum, colosal y algo desmesurada, y el bazar de Siab justo al lado, ideal para comprar frutos secos, especias y pan non recién horneado.
  • El observatorio de Ulugh Beg, donde un nieto de Tamerlán midió el año con una precisión asombrosa en el siglo XV.

Bujará, la más auténtica

Si Samarcanda impresiona, Bujará enamora. Su casco histórico es un laberinto de calles de adobe, madrasas, antiguos bazares cubiertos y patios donde el tiempo parece haberse detenido. El centro de la vida es el estanque de Lyab-i-Hauz, rodeado de moreras centenarias y de terrazas donde tomar té verde sin prisa.

No te pierdas el minarete Kalyan, un cilindro de ladrillo del siglo XII decorado con bandas geométricas que impresionó incluso a Gengis Kan, ni la fortaleza del Ark, residencia de los emires. Y déjate caer por los taks, los bazares abovedados donde se vendían joyas, gorros o cambio de moneda, hoy llenos de artesanos que trabajan la seda, la cerámica y las tijeras con forma de cigüeña, un clásico local.

Jiva, la ciudad amurallada

Jiva es distinta: un recinto amurallado casi intacto, la Itchan Kala, donde se entra por puertas monumentales y se camina entre minaretes, madrasas y palacios en apenas unos cientos de metros. Puede parecer un decorado, pero al caer la tarde, cuando se van los grupos, se llena de niños jugando y de vecinos regando el suelo de tierra.

Sube a la muralla o a alguna torre al atardecer: el sol se pone sobre el desierto de Kizilkum y todo se tiñe de ocre. El minarete inacabado Kalta Minor, ancho y cubierto de azulejos, es su símbolo más reconocible.

Qué comer en el camino

La cocina uzbeka es contundente, sabrosa y muy barata. Apunta:

  • Plov: el plato nacional, arroz cocinado con zanahoria, cordero y comino en enormes calderos. Cada ciudad tiene su versión.
  • Samsa: empanadillas horneadas en tandir, rellenas de carne y cebolla o de calabaza.
  • Shashlik: brochetas a la brasa, perfectas con cebolla cruda y pan.
  • Lagman: fideos estirados a mano en sopa o salteados, herencia de la ruta caravanera.
  • Melones y sandías: al final del verano y en otoño son extraordinarios, y forman parte del paisaje de cualquier mercado.

Todo se acompaña de chai verde en cuenco, se sirve para compartir y rara vez encontrarás alcohol en los locales más tradicionales.

Cuándo ir y cómo moverte

Los meses de primavera y de otoño son los mejores: el verano es duro, con calor seco y muy alto en las ciudades del desierto, y el invierno resulta frío y ventoso. Si viajas ahora, a finales del verano, el calor empieza a aflojar y llega la temporada de frutas, uno de los momentos más dulces del año, nunca mejor dicho.

Consejos prácticos que agradecerás:

  • Trenes rápidos: conectan Taskent, Samarcanda y Bujará en pocas horas y son cómodos y puntuales. Conviene reservar con antelación porque se llenan.
  • Hasta Jiva la distancia es larga; se puede combinar tren nocturno, vuelo interno a Urgench o coche compartido.
  • Dinero: lleva efectivo, porque fuera de las grandes ciudades no siempre se puede pagar con tarjeta.
  • Alojamiento: las casas de huéspedes familiares en patios tradicionales son la mejor opción, con desayunos abundantes y trato cercano.
  • Ropa: nada especialmente estricto, pero para entrar en mezquitas activas conviene cubrir hombros y rodillas y llevar un pañuelo a mano.

Uzbekistán es uno de esos destinos donde todavía te sientes explorador sin renunciar a la comodidad. Si te apetece una escapada distinta, con historia a raudales, hospitalidad genuina y precios amables, prepara la mochila: la Ruta de la Seda sigue esperándote.