En el extremo norte de Mallorca, donde la Serra de Tramuntana se despide en el mar, Pollença lleva siglos haciendo las cosas a su manera. Este pueblo de piedra dorada, que enamoró a pintores y escritores a principios del siglo XX, combina como pocos vida de plaza, arte, montaña y una de las carreteras más espectaculares del Mediterráneo.
El Calvari: 365 escalones hacia la mejor vista
El símbolo de Pollença es su escalinata del Calvari: 365 escalones, uno por cada día del año, flanqueados por cipreses, que suben desde el centro hasta una pequeña ermita. La recompensa es una panorámica soberbia del pueblo, la bahía y el Puig de Maria. Cada Viernes Santo la escalinata acoge el sobrecogedor Davallament, el descendimiento de Cristo a la luz de las antorchas, una de las celebraciones más emocionantes de Mallorca. Sube a primera hora o al atardecer: la luz es mejor y el esfuerzo, menor.
Un casco antiguo con siglos de solera
Abajo te espera la Plaça Major, sombreada de plataneros y presidida por la iglesia de la Mare de Déu dels Àngels, fundada por los templarios. Es el salón del pueblo: aquí se toma el café, se comenta la jornada y, los domingos por la mañana, se despliega un mercado de frutas, verduras, flores y artesanía que merece madrugón. Completa el paseo con estos rincones:
- El puente romano sobre el torrente de Sant Jordi, a las afueras del casco antiguo.
- El antiguo convento de Sant Domingo y su claustro, escenario cada verano de un festival de música con décadas de historia.
- El Puig de Maria, un cerro coronado por una ermita del siglo XIV a la que se sube a pie en menos de una hora, con vistas a las dos bahías del norte.
Entre el Calvari, el Puig de Maria y las calles empedradas, aquí se camina mucho y bien: unas sandalias de senderismo cómodas son el mejor aliado para no renunciar a ninguna subida.
Port de Pollença y la carretera de Formentor
A unos seis kilómetros, el Port de Pollença despliega su elegante paseo de Voramar, con los pinos inclinados casi tocando el agua, un clásico absoluto de la fotografía mallorquina. Desde aquí arranca la mítica carretera de Formentor: la primera parada obligada es el mirador de Es Colomer, un balcón vertiginoso sobre acantilados de más de 200 metros, y la segunda, la pinada y la arena blanca de la cala Formentor, con el azul turquesa más famoso del norte de la isla. En temporada alta el acceso en coche está regulado, así que infórmate antes o sube en barco o autobús desde el puerto. Para un día así, mete en la bolsa una toalla de playa de microfibra, que apenas ocupa, y una buena crema solar resistente al agua: entre el mar y la brisa, el sol del norte de Mallorca engaña.
Sabores de Pollença
La cocina local es la mallorquina de siempre: tumbet, lechona, pescado de la bahía y arroces marineros en el puerto. No te vayas sin probar el aceite de oliva de la Tramuntana y los dulces de las pastelerías del centro, con las ensaimadas y los crespells a la cabeza. Un helado artesano en la Plaça Major al caer la tarde es ley no escrita.
Cuándo ir y cómo llegar
Primavera y otoño son ideales: buen tiempo para caminar, luz preciosa y mucha menos gente que en pleno agosto. La Semana Santa, con el Davallament, es fecha grande. En coche, Pollença queda a unos 50 minutos de Palma por la autopista de Inca; también hay autobuses regulares desde la capital.
Pollença tiene esa rara virtud de ser muchas escapadas en una: arte y plaza, escalinata y ermita, paseo marítimo y acantilados. Ven un fin de semana y entenderás por qué tantos llegaron de visita y se quedaron para siempre.
Foto: Rafael Ortega Díaz · CC BY-SA 4.0 · Wikimedia Commons