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Mostar y Herzegovina: el puente entre dos mundos

El Puente Viejo de Mostar sobre el río Neretva, en Bosnia y Herzegovina

Pocas imágenes resumen tan bien un país como el arco perfecto del Stari Most, el Puente Viejo de Mostar, saltando sobre las aguas turquesas del Neretva. A un lado, minaretes y bazares otomanos; al otro, campanarios y cafés de aire centroeuropeo. Te proponemos una escapada a la capital de Herzegovina, una ciudad que ha hecho de la convivencia entre mundos su seña de identidad.

El Puente Viejo y sus saltadores

El Stari Most, Patrimonio de la Humanidad, fue construido en el siglo XVI por orden otomana, destruido durante la guerra de los noventa y reconstruido piedra a piedra con técnicas tradicionales. Hoy vuelve a ser el corazón de la ciudad y el escenario de una tradición centenaria: los saltadores que se lanzan desde sus más de veinte metros de altura a las aguas heladas del Neretva, ante la expectación de todo el que pasa. Crúzalo despacio: el pavimento de piedra pulida es precioso, pero resbala muchísimo, así que mejor con zapatillas cómodas de suela adherente que con sandalias lisas.

Perderse por el bazar de Kujundžiluk

A ambos lados del puente se despliega el antiguo barrio de los artesanos, un zoco empedrado de casitas de piedra donde se venden cobres repujados, alfombras y juegos de café bosnio. Entre tienda y tienda, no te pierdas la mezquita de Koski Mehmed Pashá —su alminar ofrece la mejor vista del puente— ni la casa turca de Bišćević, un ejemplo precioso de vivienda otomana asomada al río. En las zonas más concurridas del bazar conviene llevar tus cosas controladas; una mochila antirrobo te deja curiosear tranquilo entre los puestos.

Sabores de Herzegovina

Mostar se come de maravilla y a precios muy amables. Apunta estos imprescindibles:

  • Ćevapi: rollitos de carne a la brasa servidos en pan somun con cebolla.
  • Burek: hojaldre enrollado relleno de carne, queso o espinacas.
  • Dolma y japrak: verduras y hojas de parra rellenas, herencia otomana.
  • Café bosnio: servido en džezva de cobre, con azucarillo y delicia turca, todo un ritual.

Blagaj, Počitelj y las cascadas de Kravice

La gracia de Mostar es que da acceso a una Herzegovina rural sorprendente. A un cuarto de hora está Blagaj, donde una tekke (monasterio derviche) del siglo XVI se acurruca bajo un acantilado, justo en el nacimiento del río Buna, uno de los manantiales más caudalosos de Europa. Un poco más allá, Počitelj es un pueblo fortificado que trepa por la ladera, con su torre otomana y sus granados. Y para rematar, las cascadas de Kravice, una herradura de saltos de agua sobre pozas verdes donde en verano apetece muchísimo darse un baño.

Consejos prácticos

La primavera y el otoño son ideales: en pleno verano Mostar es una de las ciudades más calurosas de los Balcanes. Cuenta con que en esta región las tormentas llegan de repente incluso en buena época, así que un paraguas plegable en la mochila nunca sobra. Se llega bien por carretera desde Sarajevo o desde la costa croata, y la moneda local es el marco convertible, aunque el euro se acepta en muchos sitios; lleva algo de efectivo para los puestos pequeños.

Mostar no es solo una foto bonita: es una lección de historia viva, un cruce de culturas y una puerta a paisajes que no esperabas. Cruza el puente y déjate sorprender por Herzegovina.