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Luarca, la villa blanca de la Costa Verde asturiana

Vista panorámica de las casas blancas de Luarca alrededor de su puerto pesquero al atardecer

Dicen de Luarca que es la villa blanca de la Costa Verde, y basta asomarse desde el mirador de la Atalaya para entender el apodo: un caserío encalado que se enrosca en torno al puerto, siguiendo los meandros del río Negro hasta fundirse con el Cantábrico. Capital del concejo de Valdés, esta villa marinera del occidente asturiano combina sabor pesquero, historias de piratas y la memoria de un premio Nobel.

El puerto y el barrio del Cambaral

El corazón de Luarca late en su puerto pesquero, todavía en activo, rodeado de casitas de colores y tabernas donde se despacha el pescado del día. Pegado a él se apiña el barrio del Cambaral, el antiguo arrabal de los marineros, con callejas estrechas que huelen a salitre. Allí está el puente del Beso, protagonista de la leyenda más contada de la villa: la del pirata Cambaral y la hija del noble que lo apresó, sorprendidos en un último beso cuando huían juntos. Cursi o no, el rincón es una monada.

La Atalaya: faro, ermita y mesa de mareantes

Sube al promontorio de la Atalaya, que separa el puerto de la playa. Arriba te esperan el faro, la capilla de la Virgen Blanca, patrona de los marineros, y la curiosa mesa de mareantes, donde el gremio de pescadores se reunía desde tiempos medievales para tomar sus decisiones. Un poco más allá, el cementerio de Luarca, colgado sobre el acantilado, es de los más bellos de España y guarda la tumba de Severo Ochoa, el Nobel de Medicina nacido en la villa, que quiso descansar frente a su mar.

Villas de indianos y jardines sobre el mar

Como tantos pueblos asturianos, Luarca vivió la epopeya de los indianos, y sus fortunas americanas dejaron un rosario de casonas y palacetes modernistas en los barrios de Villar y La Carril: fachadas de colores, galerías acristaladas y palmeras exóticas plantadas como recuerdo de ultramar. Sobre la ladera que mira al puerto se extienden además los jardines de la Fonte Baixa, un espectacular jardín botánico en terrazas asomado al Cantábrico, de los mayores de Europa en manos privadas, que abre a las visitas por temporadas.

Senderos y acantilados del occidente

La rasa costera valdesana es un regalo para las piernas: la senda que sale hacia la playa de Portizuelo y los miradores del entorno encadena acantilados, calas de cantos y praderías colgadas sobre el mar. Un poco más al oeste, el cabo Busto ofrece una ruta circular fácil entre bosquetes y farallones donde rompen las olas. Son paseos de dos o tres horas en los que conviene ir ligero pero preparado: una mochila de senderismo ligera con agua y fruta, y un chubasquero transpirable a mano, porque en esta costa el sol y el orbayu se turnan sin pedir permiso.

Comer en Luarca y consejos finales

  • Manda el mar: merluza, pixín, calamares y, en temporada, la afamada ventresca de bonito del Cantábrico. Los guisos marineros de las tabernas del puerto son apuesta segura.
  • Luarca está junto a la A-8, a una hora larga de Oviedo, y es base perfecta para explorar el occidente: Cudillero, la ría del Eo o las playas de Otur y Cueva quedan a tiro de piedra.
  • El mejor momento del día es el atardecer desde el mirador del faro, cuando las casas blancas se tiñen de dorado y los barcos vuelven a puerto.

Luarca no necesita artificios: le bastan su puerto, su faro y sus leyendas. Ven a verla al caer la tarde y entenderás por qué un Nobel eligió quedarse aquí para siempre.