Escondido en un repliegue del valle de Cabuérniga, entre prados y bosques de la Cantabria más honda, Carmona es uno de esos pueblos que parecen dibujados: un puñado de casonas de piedra con balconadas de madera, humo de chimenea y cencerros de fondo. Está declarado Conjunto Histórico-Artístico y, sin embargo, sigue siendo un lugar tranquilo, vivo y sin artificios.
El pueblo de las casonas
Carmona presume del conjunto de arquitectura montañesa mejor conservado de la región. Sus casonas de los siglos XVII y XVIII alinean solanas de madera labrada, aleros profundos y escudos de armas que hablan de linajes hidalgos; entre todas destaca el palacio de los Mier, la gran casa noble del pueblo. Piérdete sin plano por las callejas empedradas, asómate a los pasadizos entre huertas y busca los detalles: dinteles fechados, ventanucos, portaladas. Cada esquina es una lección de cómo se construía en la Montaña.
La cuna de la albarca
Si Cantabria tiene un calzado con historia es la albarca, el zueco de madera de una sola pieza que aislaba del barro y del frío, y Carmona es su capital indiscutible. Aquí todavía trabajan artesanos que las tallan a mano, y verlas nacer de un tocón de madera es de esas cosas que no se olvidan. Son también el recuerdo perfecto para llevarse a casa, ya sea en tamaño real o en miniatura.
Tierra de tudancas
Los prados que rodean el pueblo son territorio de la vaca tudanca, la raza autóctona de cuernos en lira y estampa antigua que protagoniza ferias y pasadas de ganado en el valle. Si coincides con una feria ganadera, quédate: el ambiente, entre tratos, albarcas y boinas, es puro costumbrismo cántabro. Y en la mesa, la tudanca y la cocina de puchero mandan: cocido montañés, carnes a la brasa y quesos de los puertos cercanos.
Senderismo por el Saja
Carmona es puerta de la Reserva del Saja, uno de los grandes bosques del norte. Desde el propio pueblo salen pistas y senderos entre robles, hayas y castaños, y el cercano collado de la carretera hacia el valle del Nansa regala una panorámica soberbia del caserío entre montes. Para una jornada de caminata te bastará una mochila de día de senderismo con algo de avituallamiento; y si vas en otoño, cuando el hayedo se enciende y el fresco aprieta, agradecerás un termo de acero inoxidable con café caliente en cada parada. La berrea del ciervo, al final del verano, se escucha desde los propios prados: otro motivo más para venir.
Cómo llegar y cuándo ir
Carmona se alcanza por la carretera que remonta el valle de Cabuérniga desde Cabezón de la Sal, un trayecto precioso en sí mismo. En primavera los prados están en su esplendor; en otoño, los bosques del Saja son un incendio de ocres. Aparca a la entrada y recorre el pueblo a pie, que es pequeño y se disfruta paso a paso.
Si quieres saber cómo era la Cantabria de hace dos siglos, no busques museos: ven a Carmona, siéntate en una portalada al caer la tarde y escucha el valle. Esa es la escapada.
Foto: gesoe62 · CC BY-SA 3.0 · Wikimedia Commons