Hay calles que se visitan y calles que se saborean. La calle Laurel de Logroño pertenece a la segunda categoría: apenas unos cientos de metros que concentran decenas de bares, cada uno famoso por un pincho concreto, regados con el mejor vino de La Rioja. Te contamos cómo rendirte a la «senda de los elefantes», como la llaman con cariño los locales.
Cómo funciona el ritual de la Laurel
La mecánica es sencilla y adictiva: se entra en un bar, se pide su pincho —el de la casa, el que borda desde hace décadas— con un vino corto, se toma de pie entre el bullicio y se sigue al siguiente local. Nada de sentarse ni de pedir la carta entera: aquí se va de flor en flor. La mayoría de los bares se especializa en una sola elaboración, y esa es precisamente la gracia: en cada parada, un bocado distinto y perfeccionado hasta el detalle.
Qué pinchos no puedes perderte
- El champiñón: el pincho más icónico de la calle, a la plancha con ajo y una gamba coronándolo, servido sobre pan para mojar en su jugo.
- La zapatilla: generosa rebanada de pan con jamón asado, un clásico contundente.
- Las patatas bravas: con salsas caseras que cada bar guarda con celo.
- La oreja y otros bocados de casquería: crujientes, sabrosos y muy de la tierra.
- Pinchos morunos y brochetas: a la brasa, para los más carnívoros.
- Embutido riojano y pimientos asados: sencillos y gloriosos con un crianza.
De beber, lo natural es dejarse llevar por los vinos de la denominación: un joven fresco para empezar y algún crianza a medida que avanza la ruta. Quien prefiera algo sin alcohol encontrará mosto en casi cualquier barra sin que nadie levante una ceja.
Cuándo ir y cómo organizarte
La Laurel hierve los fines de semana desde el aperitivo del mediodía hasta bien entrada la noche, y en torno a las fiestas de San Mateo, en septiembre, cuando la vendimia pone la ciudad patas arriba. Si prefieres comer tranquilo, ve entre semana o llega pronto, hacia la una o las ocho de la tarde. Calcula entre cuatro y seis paradas para salir satisfecho: los pinchos engañan y el pan suma.
La ruta se completa de maravilla con las calles vecinas —San Juan, con su propio circuito de bares, o el casco antiguo hasta la concatedral— y con un paseo digestivo por el Ebro. Logroño es, además, parada del Camino de Santiago, y esa mezcla de peregrinos, cuadrillas y viajeros golosos le da un ambiente único.
Consejos de veterano
- Pide el pincho estrella de cada bar: si dudas, mira qué están comiendo los de la barra o pregunta directamente.
- Lleva algo de efectivo suelto; agiliza mucho el pago en barras llenas.
- Se come de pie y a menudo en la calle: viste cómodo y olvida las prisas.
- Si te aficionas a los caldos riojanos, una guía de vinos de España te ayudará a poner nombre a lo que has bebido, y un sacacorchos de bolsillo es el recuerdo perfecto para las botellas que caerán en la maleta.
Última ronda
La calle Laurel es la prueba de que un gran viaje gastronómico no necesita manteles largos: basta una barra concurrida, un pincho bien hecho y un vino en su punto. Ven con hambre, con zapatos cómodos y con tiempo: la senda de los elefantes no se recorre, se disfruta.