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Calella de Palafrugell, la esencia marinera de la Costa Brava

Playa de Port Bo en Calella de Palafrugell con barcas varadas y casas blancas de pescadores

Si tuviéramos que elegir una postal que resuma la Costa Brava de toda la vida, sería esta: las casas blancas y las barcas varadas de Calella de Palafrugell. Este antiguo barrio de pescadores del municipio de Palafrugell, en el Baix Empordà gerundense, ha sabido crecer sin perder su alma marinera, y recorrerlo es viajar a una costa que en muchos sitios ya no existe.

Port Bo y sus porches, el corazón del pueblo

El centro neurálgico es la playa de Port Bo, presidida por Les Voltes, esos porches blancos con arcos bajo los que antaño se guardaban las barcas y hoy se toma el vermut mirando el mar. A un lado y a otro se suceden calitas de arena y roca separadas por espigones, con las barcas de pesca todavía varadas en la orilla. Piérdete por las callejuelas que suben desde la playa: fachadas encaladas, persianas verdes y macetas de geranios por todas partes.

Hacia el norte queda la playa del Canadell, flanqueada por elegantes casas de veraneo de principios del siglo XX, y hacia el sur la recogida cala del Golfet, de aguas turquesas encajadas entre acantilados rojizos.

La tierra de las habaneras

Calella es la capital sentimental de las habaneras, los cantos que trajeron los indianos de Cuba. Cada verano, a principios de julio, la playa de Port Bo acoge una multitudinaria cantada que llena la bahía de barcas y de voces. Pero no hace falta que coincidas con ella: en las terrazas del pueblo es fácil escuchar habaneras en directo mientras pruebas el cremat, el ron quemado con café y canela que se enciende en cazuela de barro siguiendo el ritual marinero.

Camino de ronda y jardines de Cap Roig

Uno de los grandes placeres de la zona es caminar el camino de ronda que une Calella con Llafranc, un paseo llano y precioso de unos veinte minutos entre pinos y calas; los más andarines pueden continuar hasta el faro de Sant Sebastià, con una panorámica inmensa de la costa. En dirección contraria, sobre la cala del Golfet, se alzan los jardines de Cap Roig, un jardín botánico junto a un castillo de aire medieval creado por un aristócrata ruso y su esposa a principios del siglo XX, escenario cada verano de un conocido festival de música.

Para estas caminatas con baño incluido, unas gafas de sol polarizadas se agradecen frente a los reflejos del mar, y una toalla de microfibra que apenas ocupa ni pesa es la mejor aliada para ir saltando de cala en cala.

Qué comer: del suquet a la garoinada

La cocina local es puro Mediterráneo: suquet de peix, arroces marineros, pescado de roca y, en los meses fríos, la garoinada, la tradicional degustación de erizos de mar que se celebra en Palafrugell entre el invierno y el comienzo de la primavera. Acompáñalo con un vino de la cercana D.O. Empordà y entenderás por qué aquí se come tan bien.

Consejos para tu escapada

  • En pleno agosto el aparcamiento es complicado: llega pronto o usa las zonas habilitadas en la parte alta y baja andando.
  • Junio y septiembre ofrecen mar en calma, ambiente y muchas menos aglomeraciones.
  • Combina la visita con Llafranc y Tamariu, los otros dos núcleos marineros de Palafrugell, a un paso.

Con sus porches blancos, sus habaneras y sus calas de postal, Calella de Palafrugell es de esos lugares que se te quedan dentro. Ven a comprobarlo con la puesta de sol sobre Port Bo: no hay mejor final de día en la Costa Brava.

Foto: Jorge Franganillo · CC BY 2.0 · Wikimedia Commons