Si la Costa Blanca tiene una postal, es la de Altea: un casco antiguo de casas encaladas trepando por una colina, coronado por las cúpulas azules de su iglesia y con el Mediterráneo brillando a los pies. En la Marina Baixa, a un paso de Benidorm pero en otro universo, este pueblo de alma bohemia lleva décadas enamorando a pintores, artesanos y viajeros que buscan calma junto al mar.
El casco antiguo, calle a calle
Sube sin prisa por las cuestas empedradas del barrio viejo, entre buganvillas, fachadas blancas y puertas azules. El premio te espera arriba: la plaza de la Iglesia de Nuestra Señora del Consuelo, cuyo tejado de tejas vidriadas azules y blancas es el emblema del pueblo. A pocos pasos, el mirador dels Cronistes regala una panorámica que abarca la bahía de Altea, el Peñón de Ifach de Calpe y la Serra Gelada. Al atardecer, cuando la piedra se tiñe de rosa, es uno de los rincones más románticos de toda la Comunidad Valenciana.
El barrio está salpicado de talleres de cerámica, pequeñas galerías y tiendas de artesanía: la tradición artística de Altea, reforzada por su facultad de Bellas Artes, se nota en cada esquina.
Playas y calas de canto rodado
Las playas alteanas —La Roda, junto al paseo, Cap Blanch hacia el sur o Cap Negret, con sus piedras volcánicas oscuras— son de grava y canto rodado, con un agua limpísima que invita al esnórquel. Eso sí, entrar descalzo tiene su intríngulis: unos escarpines para el mar convierten el suplicio en paseo. Para las horas centrales del día, cuando el sol cae a plomo sobre las piedras claras, un sombrero de paja es el mejor aliado, con permiso de la sombrilla.
Paseo marítimo y puerto
El frente marítimo de Altea es un plan en sí mismo: terrazas, heladerías y un paseo que une el casco urbano con el puerto deportivo. En los meses de verano, los mercadillos de artesanía nocturnos animan el paseo con puestos de joyería, cuero y cerámica, herencia del espíritu hippy que el pueblo nunca ha perdido del todo.
Dónde comer (y qué pedir)
La cocina local mira al mar: arroz a banda, fideuà, pulpo seco y pescado de lonja. En el casco antiguo abundan los restaurantes con terrazas escondidas en patios y placitas; reserva con antelación si vas en fin de semana, porque los rincones más bonitos vuelan.
Alrededores para completar la escapada
- El faro del Albir, en el Parque Natural de la Serra Gelada: un paseo asfaltado y fácil junto a acantilados, ideal al atardecer. No olvides las gafas de sol con protección UV400, porque el reflejo del mar en el camino es constante.
- Calpe y el Peñón de Ifach, a un cuarto de hora en coche.
- El valle de Guadalest, para combinar mar y montaña en el mismo fin de semana.
Cuándo ir
Altea funciona todo el año: en verano es puro ambiente mediterráneo; en primavera y otoño, luz perfecta y terrazas sin esperas; incluso en invierno el clima suave de la Marina Baixa permite comer al sol. Un fin de semana da para saborearla; una semana, para no querer irte.
Callejear, mirar el mar, comer bien y no hacer nada con vistas: a veces la mejor escapada en pareja es así de sencilla, y Altea la borda.
Foto: Diego Delso · CC BY-SA 4.0 · Wikimedia Commons