Pocas estampas resumen tan bien un destino: hileras de viñedos verdes, álamos rectos como lanzas y, detrás, la muralla nevada de los Andes. Mendoza es la capital mundial del malbec y una de las grandes capitales del vino del planeta, pero también una ciudad arbolada y vividora con la alta montaña a un paso. Brindemos por esta ruta.
Una ciudad hecha para pasear
Reconstruida tras un gran terremoto en el siglo XIX, Mendoza se diseñó con plazas amplias, calles anchas y acequias que riegan miles de árboles: caminar por aquí en verano es hacerlo siempre a la sombra. Empieza en la Plaza Independencia y las cuatro plazas que la escoltan, sigue por la peatonal Sarmiento y remata en el parque General San Martín, un parque monumental con lago de regatas y el cerro de la Gloria, el mirador clásico de la ciudad.
La ruta del vino: tres valles para elegir
Más de mil bodegas rodean la ciudad, muchas abiertas a visitas con cata. Estas son las tres zonas clave:
- Maipú: la más cercana y accesible, con bodegas históricas y la opción divertida de recorrerla en bicicleta entre viñedos.
- Luján de Cuyo: la cuna del malbec, elegante y llena de bodegas boutique con restaurantes entre parrales.
- Valle de Uco: a una hora larga, el valle de moda: bodegas de arquitectura espectacular a los pies de la cordillera y vinos de altura premiados en todo el mundo.
Reserva las visitas con antelación, sobre todo si incluyen almuerzo, y organiza el día con conductor o excursión: catar y conducir no casan. Si te gusta viajar con los deberes hechos, una guía de viaje de Argentina te ayudará a elegir bodegas y a combinar Mendoza con el resto del país.
Alta montaña: camino del Aconcagua
La otra cara de Mendoza es vertical. La ruta de alta montaña hacia Chile encadena paisajes soberbios: el embalse turquesa de Potrerillos, el pueblo de Uspallata, el puente natural de colores minerales de Puente del Inca y la entrada al parque provincial Aconcagua, donde un sendero corto lleva al mirador de la laguna de Horcones con el techo de América, 6.961 metros, presidiendo la escena. Es una excursión de día perfecta; lleva una mochila de trekking ligera con agua, abrigo y algo de comer, porque el tiempo en la cordillera cambia sin pedir permiso.
De asado en asado
Aquí el vino viene con banda sonora de brasas. Prueba el asado mendocino con un malbec joven, las empanadas mendocinas —jugosas, con aceituna—, el chivito a la llama de la zona de Malargüe y, de postre, alfajores y helado artesanal, otra religión argentina. En las bodegas, los almuerzos de pasos maridados son caros para el bolsillo argentino pero una experiencia redonda para el viajero.
Cuándo ir
Mendoza es semidesértica y soleada más de 300 días al año. La vendimia, a finales del verano austral (febrero-marzo), llena la ciudad de fiestas y es la época más animada; el otoño tiñe los viñedos de cobre y la primavera lo pinta todo de verde. En invierno hace frío seco y la montaña se cubre de nieve, temporada de esquí en los centros cercanos.
Vino de clase mundial, montañas de récord y sobremesas infinitas: Mendoza es de esas escapadas que entran por la copa y se quedan en la memoria. Salud.