Hay regiones que se visitan con los ojos y otras que se recorren con el paladar. La Emilia-Romaña es de las segundas: en apenas 120 kilómetros de llanura encadenas Bolonia, Módena y Parma, tres ciudades que han dado al mundo el ragú, el vinagre balsámico y el parmesano. Y el otoño, con sus nieblas y sus mercados llenos de setas y calabaza, es probablemente su mejor momento.
Bolonia, la roja, la docta, la gorda
Los tres apodos de Bolonia lo dicen todo: roja por sus tejados y sus ladrillos, docta por su universidad (la más antigua de Europa) y gorda por lo que ya te imaginas. Empieza en la Piazza Maggiore, con la inacabada basílica de San Petronio, y sube a la Torre degli Asinelli si no te dan miedo las escaleras estrechas: desde arriba entenderás por qué llaman a esta ciudad un mar de terracota.
Después piérdete por el Quadrilatero, el laberinto de callejuelas medievales detrás de la plaza donde se amontonan las tiendas de pasta fresca, los puestos de pescado y las charcuterías con mortadelas del tamaño de un niño. Y reserva una mañana para caminar bajo los pórticos, casi cuarenta kilómetros de soportales que permiten cruzar la ciudad sin mojarte y que culminan en el interminable camino cubierto que sube al santuario de San Luca.
Qué probar aquí, sin excusas:
- Tagliatelle al ragù: la auténtica "boloñesa", que nunca se sirve con espaguetis.
- Tortellini in brodo: diminutos, hechos a mano y flotando en un caldo de carne. El plato de las celebraciones.
- Mortadella cortada finísima, con un vaso de lambrusco frío.
- Crescentine o tigelle con embutidos y squacquerone, un queso fresco y untuoso.
Módena: vinagre balsámico y motores
A media hora en tren desde Bolonia, Módena juega en otra liga sensorial. Su catedral románica y la Torre Ghirlandina son Patrimonio de la Humanidad, y el Mercato Albinelli, con sus puestos de frutas y quesos bajo una estructura de hierro de principios del siglo XX, es el mejor sitio para desayunar como un local.
La gran cita, sin embargo, es el aceto balsamico tradizionale: muchas acetaie de los alrededores abren sus desvanes a los visitantes y te enseñan las baterías de barricas donde el mosto cocido envejece doce o veinticinco años. Cata incluida, claro. Si te tienta llevarte una botellita a casa (y te tentará), viaja con una funda protectora de botellas para equipaje: el cristal y las maletas facturadas se llevan regular.
Los aficionados a los motores tienen aquí su otra peregrinación: la región es tierra de Ferrari, Lamborghini, Maserati y Pagani, y los museos de la zona permiten ver de cerca coches que solo conocías en fotos.
Parma: jamón, queso y aire ducal
Parma es la más elegante del trío, con su baptisterio de mármol rosa, el teatro Farnese de madera y un ambiente de ciudad pequeña y bien vestida. Aquí nacen dos de los productos más copiados del planeta: el prosciutto di Parma, curado con el aire de las colinas, y el Parmigiano Reggiano, que se elabora de madrugada en queserías que se pueden visitar con reserva previa. Ver cómo dos hombres levantan una cuajada de cincuenta kilos con una tela es todo un espectáculo.
No te vayas sin probar los anolini in brodo, la torta fritta (masa frita que se come con embutidos) y un vino blanco de la Malvasia dei Colli. Si quieres profundizar en la región antes de ir, una buena guía de viaje del norte de Italia te ayudará a ordenar los pueblos y castillos que salpican la llanura, como Fontanellato o Torrechiara.
Cómo moverte y cuándo ir
Bolonia tiene aeropuerto con vuelos directos desde varias ciudades españolas y está conectada por tren de alta velocidad con Módena, Parma, Florencia y Milán en trayectos cortísimos, así que puedes montar la ruta sin alquilar coche. Solo lo necesitarás si quieres subir a los Apeninos o visitar acetaie y castillos rurales.
- Otoño es la estación estrella: vendimia, setas, castañas y calabaza, con menos calor y menos colas.
- Las mañanas empiezan con niebla en la llanura: una chaqueta cortavientos ligera y un buen paraguas plegable resistente al viento te salvarán más de un paseo.
- Se camina muchísimo sobre adoquín, así que zapatillas cómodas para caminar por la ciudad valen más que cualquier otra cosa en la maleta.
- Come a la italiana: la cocina suele cerrar pronto entre servicios, y reservar en las osterie pequeñas es casi obligatorio.
En Emilia-Romaña no se come para viajar: se viaja para comer. Todo lo demás, que es mucho, viene de propina.
Tres ciudades, tres o cuatro días y una talla de pantalón más. Si buscas una escapada europea corta, accesible y con memoria de sabor, pon rumbo a la llanura del Po y déjate llevar de plato en plato.