Alicante suele ser la gran subestimada del Mediterráneo español: muchos la cruzan camino de las playas de la Costa Blanca sin darle ni una noche. Error. La ciudad de la luz —trescientos días de sol al año avalan el apodo— guarda un castillo espectacular sobre el mar, un casco antiguo de macetas y cal, una gastronomía arrocera de primera división y uno de los paseos marítimos más elegantes de España.
El castillo de Santa Bárbara, el mirador de la ciudad
Todo Alicante se ordena bajo el monte Benacantil, la mole rocosa de 166 metros coronada por el castillo de Santa Bárbara, una de las mayores fortalezas medievales del Mediterráneo. Puedes subir a pie desde el parque de la Ereta, en un paseo con vistas crecientes, o en el ascensor excavado en la roca que sale casi desde la playa. Arriba te esperan siglos de murallas, patios y baluartes, y la panorámica completa: el puerto, la isla de Tabarca en el horizonte —de la que ya te hemos hablado— y la bahía entera a tus pies. Fíjate desde la playa en el perfil del monte: la roca dibuja la famosa «cara del moro».
Santa Cruz, el barrio de postal
En la falda del Benacantil se encarama el barrio de Santa Cruz, el rincón más fotogénico de la ciudad: callejones escalonados, casitas blancas y azules, macetas en cada ventana y banderines cruzando el cielo. Se sube en diez minutos y se tarda una hora, porque cada esquina pide foto. Abajo quedan la concatedral de San Nicolás, con su claustro sereno, la basílica de Santa María —gótica sobre la antigua mezquita— y el ayuntamiento barroco, donde un detalle curioso: en su escalera está la cota cero que sirve de referencia para medir la altitud en toda España.
La Explanada y el puerto
La Explanada de España es el salón de la ciudad: seis millones y medio de teselas de mármol dibujando ondas bajo cuatro filas de palmeras. Un paseo obligado al atardecer, con parada en sus quioscos centenarios, que enlaza con el puerto deportivo y sus terrazas. Del otro lado espera la playa del Postiguet, urbana y familiar; si buscas arenales largos, el tranvía te deja en la playa de San Juan, siete kilómetros de arena fina. En verano el sol aprieta de lo lindo: crema solar de factor alto y un sombrero plegable son el mejor equipaje.
Museos y mercado
El MARQ, museo arqueológico premiado en Europa, cuenta la historia de la provincia de forma espectacular; el MACA reúne arte contemporáneo junto a la basílica, con obras de Picasso, Miró o Dalí de la colección de Eusebio Sempere. Y el Mercado Central, modernista, es parada golosa: salazones, turrones de Jijona y Alicante, y barras donde picar entre puesto y puesto.
Dónde comer: territorio arroz
Alicante es capital arrocera: arroz a banda, del senyoret, con costra o negro, siempre con su alioli. Los alrededores del mercado y el casco antiguo concentran barras de tapeo, y los paradores de la playa sirven arroces mirando al mar. De postre, helado de turrón; de aperitivo, una copita del vino dulce de la tierra. Para las sobremesas largas al fresco, un abanico es compra local con todo el sentido.
Cuándo ir y consejos
- Primavera y otoño son perfectos; en torno al 24 de junio, las Hogueras de San Juan llenan la ciudad de monumentos de cartón, pólvora y verbena.
- La ciudad se recorre a pie y el tranvía resuelve las playas; desde la estación llega el AVE desde Madrid en dos horas y media.
- Con un día más, la escapada en barco a Tabarca o los pueblos de la Marina redondean el viaje; una guía de la Costa Blanca ayuda a elegir.
Castillo, barrio de colores, palmeras y arroz: Alicante tiene todos los ingredientes de la escapada mediterránea perfecta, y todavía sin las multitudes de otras capitales de costa. La luz corre de su cuenta.