Si hay una ciudad en México donde se come, se huele y se saborea la cultura en cada esquina, esa es Oaxaca. Te proponemos una escapada a la capital gastronómica del país, donde los mercados centenarios conviven con templos barrocos y, a un paso, te esperan las ruinas zapotecas de Monte Albán. Prepárate: aquí se viene con hambre y con curiosidad.
Perderse por el centro histórico
El corazón de Oaxaca es un tablero de calles empedradas y fachadas de colores declarado Patrimonio de la Humanidad. Empieza en el Zócalo, siempre animado con música y puestos, y sube por el andador turístico hasta el templo de Santo Domingo de Guzmán, una joya barroca cuyo interior dorado quita el aliento. Junto a él, el antiguo convento alberga el Museo de las Culturas de Oaxaca, ideal para entender el pasado zapoteca y mixteca de la región antes de visitar sus yacimientos.
Los mercados: el alma de la ciudad
En Oaxaca los mercados no son una atracción, son la vida misma. Estos son los imprescindibles:
- Mercado Benito Juárez: artesanía, flores, chapulines tostados y quesillo, el famoso queso oaxaqueño que se deshace en hebras.
- Mercado 20 de Noviembre: su pasillo de humo es una experiencia en sí misma; eliges la carne y te la asan al momento sobre las brasas.
- Central de Abastos: enorme y caótica, perfecta si quieres ver el comercio local sin filtros.
No te vayas sin probar las siete variedades de mole, las tlayudas crujientes y una taza de chocolate oaxaqueño con pan de yema. Para estos paseos largos entre puestos viene de perlas una mochila de día plegable donde ir guardando las compras de artesanía y cacao.
La ruta del mezcal
Oaxaca es la cuna del mezcal, y aquí se bebe despacio, a besos, como dicen los locales. En la ciudad encontrarás mezcalerías tradicionales donde te explicarán la diferencia entre un espadín joven y un tobalá silvestre. Si tienes un día libre, merece la pena salir a los valles centrales, donde muchos palenques familiares muestran el proceso completo: el agave cocido en horno de tierra, la molienda con rueda de piedra y la destilación en alambiques de cobre. Una experiencia que huele a humo y a tradición.
Monte Albán, la ciudad de los zapotecas
A unos veinte minutos de la ciudad, sobre una montaña aplanada por el ser humano hace más de dos mil años, se alza Monte Albán. Su gran plaza ceremonial, los juegos de pelota y la galería de los Danzantes componen uno de los yacimientos más impresionantes de Mesoamérica. Ve a primera hora para evitar el sol fuerte del mediodía y llévate un sombrero de viaje plegable, porque en la explanada apenas hay sombra. Las vistas de los valles desde la Plataforma Sur, con la ciudad a tus pies, justifican por sí solas el viaje.
Consejos prácticos
- Cuándo ir: de octubre a marzo el clima es seco y agradable. En torno al Día de Muertos, a principios de noviembre, la ciudad se llena de altares y desfiles; es mágico, pero conviene reservar con mucha antelación.
- Cómo llegar: el aeropuerto de Oaxaca conecta con Ciudad de México en aproximadamente una hora de vuelo. En autobús desde la capital, cuenta unas seis horas y media por autopista.
- Altitud: la ciudad está a más de 1.500 metros; hidrátate bien los primeros días.
- Enchufes: en México se usan clavijas de tipo A y B, así que desde España necesitarás un adaptador de enchufe universal para cargar el móvil y la cámara.
Oaxaca no se visita: se paladea. Ven con tiempo, con apetito y con ganas de dejarte llevar, porque pocas escapadas alimentan tanto el cuerpo y el alma como esta.