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Meteora: monasterios suspendidos en el cielo

Monasterios de Meteora encaramados sobre las gigantescas agujas de roca de Tesalia

Hay lugares que parecen pensados para dejarte sin palabras, y Meteora es uno de ellos: un bosque de torres de piedra que se levanta de golpe sobre la llanura de Tesalia, en el corazón de Grecia, con monasterios bizantinos posados en sus cimas como nidos de águila. «Meteora» significa, literalmente, «suspendidos en el aire». No exagera.

Rocas de vértigo y monjes voladores

Estas agujas de arenisca y conglomerado, algunas de varios cientos de metros, fueron refugio de ermitaños desde hace siglos. En la Edad Media, los monjes empezaron a construir monasterios en las cumbres, a los que solo se accedía por escalas de cuerda y redes izadas con tornos: subir era, además de una proeza, un acto de fe. Llegó a haber veinticuatro comunidades; hoy sobreviven seis monasterios habitados, declarados Patrimonio de la Humanidad, y por suerte para nosotros ya se sube por escaleras talladas en la roca.

Los seis monasterios que puedes visitar

  • Gran Meteoro, el mayor y más alto, con su iglesia de frescos bizantinos y un museo sobre la vida monástica.
  • Varlaam, vecino del anterior, famoso por su torno y el enorme barril de agua de sus bodegas.
  • Roussanou, femenino, encajado en una roca esbelta y rodeado de vacío por todas partes.
  • San Nicolás Anapausas, pequeño y en vertical, con frescos de la escuela cretense.
  • Santa Trinidad, el más fotogénico, sobre un peñón aislado que quizá te suene del cine.
  • San Esteban, el de acceso más cómodo, con vistas magníficas sobre Kalambaka.

Cada monasterio cierra un día distinto de la semana y todos exigen vestimenta respetuosa: hombros cubiertos y, para las mujeres, falda por debajo de la rodilla (suelen prestar pareos en la puerta). Conviene planificar el orden de visita con calma; una guía de viaje de Grecia actualizada te ayudará a cuadrar días de cierre, rutas y qué fresco no perderte en cada iglesia.

Meteora a pie: la mejor manera

La carretera une los seis monasterios, pero el verdadero espectáculo está en los senderos antiguos que usaban los monjes, hoy recuperados: caminos empedrados que serpentean entre las torres de roca, atraviesan bosquecillos y desembocan de pronto a los pies de un monasterio. La subida desde Kalambaka o desde el pueblecito de Kastraki —una preciosidad de casas de tejado rojo pegada a las rocas— se hace en una o dos horas. El terreno es irregular y con desnivel, así que unas zapatillas de senderismo con buen agarre son casi obligatorias. Los amantes de la escalada tienen aquí, además, uno de los destinos míticos de Europa.

Cuándo ir y cómo llegar

Primavera y otoño son ideales: luz limpia, temperaturas suaves y las rocas envueltas a veces en nieblas matinales que hacen honor al nombre del lugar. El verano es caluroso en la llanura, mejor madrugar; el invierno, con nieve en las cumbres, resulta mágico y solitario. Se llega a Kalambaka en tren o por carretera desde Atenas y Tesalónica, en unas cuatro o cinco horas desde la capital. Merece la pena dormir al menos una noche para ver el atardecer desde los miradores de la carretera alta: las rocas se tiñen de cobre y los monasterios se encienden. Es el momento de sacar la cámara de fotos y también de no mirar solo a través de ella.

Pocos paisajes europeos combinan así naturaleza, historia y espiritualidad. Sube despacio, calla y escucha el viento entre las rocas: en Meteora hasta los menos creyentes entienden a los monjes.