Entre Islandia, Escocia y Noruega hay un archipiélago que casi nadie sitúa en el mapa: las Islas Feroe. Dieciocho islas verdes y escarpadas, barridas por el viento del Atlántico Norte, donde viven más ovejas que personas. Si sueñas con paisajes brutales sin multitudes, este territorio autónomo danés te va a robar el corazón.
Paisajes que no parecen de este planeta
Lo primero que impresiona de las Feroe es la escala: acantilados de cientos de metros que caen en vertical al océano, montañas cubiertas de hierba rasa y cascadas que el viento a veces empuja hacia arriba. Algunos imprescindibles:
- Múlafossur, en la aldea de Gásadalur: una cascada que salta directamente al mar con el pico Árnafjall detrás. La imagen más famosa del archipiélago.
- Sørvágsvatn, el lago que parece flotar sobre el océano por un efecto óptico desde el acantilado de Trælanípa.
- Drangarnir y Tindhólmur, farallones recortados frente a la isla de Vágar que se visitan en excursiones a pie o en barco.
- Kallur, el faro de la isla de Kalsoy, sobre una cresta de vértigo.
Aldeas con tejado de hierba
Las casas tradicionales feroesas, de madera oscura o pintada y tejados cubiertos de césped, parecen salidas de una saga nórdica. No te pierdas Saksun, un puñado de casas sobre una laguna de marea rodeada de montañas; Gjógv, con su garganta natural que hace de puerto; o Kirkjubøur, el corazón histórico del archipiélago, con las ruinas de la catedral medieval de San Magnus. La capital, Tórshavn, es de las más pequeñas del mundo y su casco antiguo, Tinganes, concentra siglos de historia en unas pocas callejuelas rojas.
Frailecillos y aves marinas por miles
Las Feroe son un paraíso ornitológico. En los acantilados de Vestmanna y en la isla de Mykines anidan frailecillos, alcatraces, araos y fulmares en colonias ruidosas e inolvidables. La caminata hasta el faro de Mykines, entre madrigueras de frailecillo, es de las mejores experiencias de Europa para amantes de la naturaleza; en verano conviene reservar el ferri o el helicóptero con antelación. Unos prismáticos de observación de aves marcan la diferencia entre ver puntitos y disfrutar del espectáculo de verdad.
Cuándo ir y qué tiempo esperar
La temporada ideal va de mayo a septiembre, con días larguísimos, hierba verde fosforito y las aves en plena actividad. Ahora bien, en las Feroe puedes tener sol, niebla, lluvia y arcoíris en la misma hora: los locales dicen que si no te gusta el tiempo, esperes cinco minutos. Un buen cortavientos impermeable es sencillamente imprescindible, y no está de más planificar cada jornada con alternativas por si la niebla cierra alguna ruta.
Cómo llegar y moverse
Se vuela al aeropuerto de Vágar, normalmente con escala en Copenhague, y también hay ferri desde Dinamarca. Las islas están conectadas por túneles submarinos —alguno con rotonda bajo el mar, la única del mundo—, puentes y ferris, así que un coche de alquiler permite recorrer muchísimo en pocos días. Conduce con calma: las ovejas cruzan cuando quieren y algunos túneles antiguos son de un solo carril con apartaderos. Para preparar bien las rutas y entender la cultura local, una guía de viaje de las Islas Feroe se amortiza sola.
Consejos prácticos
- Algunos senderos cruzan terreno privado y cobran acceso; llevar algo de efectivo o pagar por adelantado evita sorpresas.
- Prueba el cordero local y el pescado fresquísimo; la escena gastronómica de Tórshavn sorprende.
- Respeta la niebla: si no ves el sendero, date la vuelta.
Las Feroe no son un destino de masas y ojalá sigan así mucho tiempo. Ve ahora, camina despacio y guarda el secreto… o compártelo solo con quien sepa apreciarlo.