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Escapada a Bermeo, el gran puerto pesquero de Vizcaya

Panorámica del puerto viejo de Bermeo con sus casas de colores y las embarcaciones pesqueras amarradas

Bermeo huele a mar desde que pones un pie en él. Esta villa vizcaína, una de las más antiguas del Señorío y durante siglos cabeza de la pesca en el Cantábrico, conserva un puerto viejo abrazado por casas de colores, un casco de callejones empinados y una flota que sigue saliendo a por el bonito cada verano. Es el destino perfecto para quien busca un pueblo marinero de verdad, con vida propia más allá del turismo.

El puerto viejo, corazón de la villa

Todo en Bermeo gira en torno al puerto viejo, una dársena recogida donde las embarcaciones menores se mecen bajo un anfiteatro de fachadas rojas, azules y amarillas. Presidiéndolo se alza la Torre Ercilla, una casa-torre medieval que hoy acoge el Museo del Pescador, dedicado a la dura vida de los arrantzales; pocas visitas explican mejor lo que ha sido este pueblo. A un paso queda el Casino, elegante edificio decimonónico asomado al agua, y el parque de la Lamera, el salón urbano donde los bermeanos pasean al caer la tarde. Las cuestas y el empedrado del casco piden calzado cómodo para caminar, porque aquí todo se visita a pie y casi nada es llano.

Un casco antiguo con memoria ballenera

Bermeo fue puerto ballenero antes que bonitero, y esa memoria asoma por todas partes: en el escudo de la villa, en la réplica del ballenero Aita Guria amarrada junto al puerto, visitable y convertida en centro de interpretación de la caza de la ballena, y en la iglesia de Santa Eufemia, el templo juradero donde los señores de Vizcaya venían a jurar los fueros. No te pierdas el arco de San Juan, única puerta que queda de la muralla medieval, ni los cantones que trepan entre casas de pescadores. Frente a la costa emerge la isla de Ízaro, que los bermeanos reclaman como suya cada verano lanzando una teja al mar desde una embarcación, en una de las tradiciones más queridas de la villa.

Gaztelugatxe, el vecino ilustre

El término municipal de Bermeo esconde, camino de Bakio, el célebre islote de San Juan de Gaztelugatxe y su escalinata de piedra. Si planeas subir sus más de doscientos escalones, madruga, consulta si hace falta reserva en temporada alta y tómatelo como una excursión aparte: la escapada a Bermeo tiene entidad de sobra por sí sola, y el pueblo es la mejor base para combinar ambas visitas. Una guía de viaje del País Vasco te ayudará a ordenar la ruta por esta costa, que da para mucho más de un día.

La mesa: bonito, marmitako y cocina de puerto

  • Bonito del norte: en verano, la flota de Bermeo descarga uno de los mejores bonitos del Cantábrico; pídelo a la plancha, en marmitako o en ventresca.
  • Marmitako: el guiso marinero de bonito y patata nació en barcos como los de aquí; es el plato bandera de la villa.
  • Pintxos y pescado del día: las tabernas del casco y del entorno del puerto sirven lo que llega de la lonja, sin artificios.

Consejos prácticos

Bermeo está a media hora escasa de Bilbao por carretera y también llega hasta aquí el tren de cercanías que recorre la ría de Urdaibai, comodísimo para olvidarte del coche. Cualquier época funciona: en verano la villa vive volcada en el puerto y en sus fiestas —a finales de julio, la Magdalena llena la ría de embarcaciones rumbo a Ízaro—, mientras que en otoño e invierno el temporal rompiendo contra el rompeolas es un espectáculo en sí mismo. Eso sí, este es el Cantábrico: un paraguas plegable resistente al viento en el bolso te salvará más de un chaparrón entre pintxo y pintxo.

Auténtico, orgulloso y sabroso, Bermeo no posa para la foto: vive. Ven a verlo trabajar, siéntate frente al puerto viejo con un marmitako humeante y sabrás lo que es un pueblo pesquero de verdad.