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Civita di Bagnoregio, la ciudad que se muere… de bonita

Vista de Civita di Bagnoregio sobre su colina de toba con el puente peatonal de acceso

Imagina un pueblo medieval posado sobre una colina de toba que la erosión va royendo siglo a siglo, unido al resto del mundo por un único puente peatonal suspendido sobre un mar de barrancos. No es un decorado: es Civita di Bagnoregio, en el norte del Lacio, y los italianos la llaman la città che muore, la ciudad que se muere. Te proponemos descubrirla antes de que la geología siga haciendo de las suyas.

Una isla en mitad de los barrancos

Civita nació hace más de dos mil quinientos años como asentamiento etrusco, y durante siglos fue un pueblo más de la Tuscia. El problema es el suelo: la colina es de toba volcánica apoyada sobre arcillas blandas, y cada temporal se lleva un pedazo de ladera. Los terremotos y los desprendimientos fueron aislando el caserío hasta dejarlo convertido en una isla rodeada por los calanchi, un paisaje lunar de crestas arcillosas grises que se extiende hasta donde alcanza la vista. Hoy apenas queda un puñado de vecinos censados, gatos incluidos.

Se entra por una pasarela peatonal de varios cientos de metros que sube con ganas; se paga una pequeña entrada que se destina a la conservación del pueblo. La subida al sol se hace larga, así que te vendrá bien llevar una cantimplora de acero inoxidable llena desde Bagnoregio, porque dentro del recinto los servicios son mínimos.

Qué ver una vez cruzado el puente

Civita se recorre en un suspiro, y ahí está su encanto: déjate llevar sin plano.

  • Porta Santa Maria, la puerta etrusca excavada en la roca, con sus leones de piedra sujetando cabezas humanas, recuerdo de una rebelión medieval.
  • La plaza de San Donato, corazón del pueblo, con su iglesia románica de fachada sencilla y suelo de tierra batida donde antaño se celebraban carreras de burros.
  • Los callejones floridos: geranios, arcos de medio punto, escaleras exteriores y balcones que se asoman directamente al vacío de los calanchi.
  • Los miradores del borde, donde entiendes de golpe por qué la ciudad se muere: el precipicio empieza donde acaban las casas.

La luz del atardecer, cuando la toba se enciende en tonos dorados, es un regalo: merece la pena hacer hueco en el equipaje a una cámara de fotos compacta para retratar el pueblo desde el mirador de Bagnoregio, justo antes del puente, que ofrece la postal completa.

Dónde comer sin bajar de la colina

Dentro de Civita sobreviven algunas tabernas y hornos que huelen a leña. Lo suyo es probar la bruschetta tostada en brasas con aceite de la Tuscia, las pastas caseras con trufa o setas de los montes cercanos y los vinos blancos de la vecina Orvieto. Todo sencillo, de cocina de abuela, en comedores excavados a veces en la propia roca.

Cuándo ir y cómo llegar

La primavera y el otoño son las mejores épocas: temperaturas suaves y, con suerte, la famosa niebla matinal que deja a Civita flotando sobre un mar de nubes. En verano aprieta el calor y los fines de semana se llena; si vas entonces, madruga. En invierno, entre semana, tendrás el pueblo casi para ti.

La base más cómoda es Bagnoregio, a un par de kilómetros del puente. En coche se llega bien desde Orvieto o Viterbo, y desde Roma la excursión sale redonda en el día. Como el acceso rodado termina lejos del puente, calcula un paseo previo: mejor llevar solo una mochila de día ligera con lo imprescindible y dejar el resto en el coche o el alojamiento.

Consejos prácticos

  • El suelo es de piedra irregular y con pendientes: calzado cómodo y suela que agarre.
  • Combina la visita con Orvieto y el lago de Bolsena, a un paso, para redondear la escapada.
  • Respeta las casas: siguen viviendo vecinos y buena parte del pueblo es propiedad privada.

Civita di Bagnoregio lleva siglos muriéndose y sigue siendo uno de los rincones más hermosos de Italia. Cruza el puente y compruébalo antes de que la colina decida otra cosa.